Suena el timbre. Abro la puerta.
- Hola, Cristina. Te presento a Eugênia -dice Jorge.
¿No se le caerá la cara de vergüenza?
Hemos invitado a Jorge a cenar. Que yo sepa, iba a venir solo, pero está claro que trae compañía. Y qué compañía. Menudo cuerpazo tiene la niña. Será cabrón. Míralo ahí plantado, como si no hubiera roto un plato en su vida. ¡Eugênia! ¿Y eso cómo se pronuncia?
-Encantada, Eu-gênia, estás en tu casa -digo. Algo hay que decir, ¿no?
-Obrigada -contesta.
Vamos por el pasillo. Qué cabrón. Desde luego, no se puede decir que tenga mal gusto. Qué culo, por dios, casi me gusta a mí.
Entramos en la cocina. Carlos lleva puesto el delantal de cuadros blancos y amarillos que le regalaron los del curro. Cuando hay invitados, él prepara la cena. Así puede presumir de ser un hombre interesante.
- Hola, chicos. ¿Cómo estás, Eugênia? -dice Carlos. ¡No, si aún se conocerán y todo!- No, no, no hace falta que contestes, ya te veo: estás para mojar pan. -Le da un repaso de arriba abajo y luego me mira y me guiña un ojo, como si a mí también tuviera que hacerme gracia. Pongo una sonrisa lo bastante falsa como para que le quede claro que detesto esos comentarios apestosos. No sirve de nada, nunca va a dejar de hacerlos.
Nos sentamos a la mesa. Carlos sirve el rissotto. Está bueno, se le da bastante bien. El vino está mejor todavía. Lo ha traído Jorge. Tiene buen gusto, el cabrón. Para el vino, para vestir y para las tías, por lo que se ve. ¿No quieres tópico? Toma una brasileña.
Me gusta la camisa de Carlos. Es azul, pero de un azul que no está nada visto, medio gris, y sin una sola arruga. Al muy guarro, con esa percha, todo le sienta bien. Ella lleva una blusa roja que le marca los pezones, y el escote es como para detenerla. Cuando se dan el pico, me pongo enferma. Qué cabrón.
Carlos se levanta, se lleva los platos sucios y va a por el segundo. No consiente que los demás se levanten. Yo me encargo de todo, dice siempre. Lo que tú quieras, pienso yo.
- Tú debes ser brasileña -le digo a Eugênia.
- De Rio de Janeiro. ¿Se nota? -Se agarra por debajo las tetas. Impresiona ver cómo tiemblan. Se ríe y al reírse me enseña la dentadura. Parece que haya estado sacándole brillo.
¿De qué coño se ríe?
- ¿Y a qué te dedicas, Eu-gênia? -pregunto amablemente.
- Soy bailarina. Trabajo en la noche, jajaja. Bares, discos... A veces en el teatro, pero esto está muito difícil. - Y vuelve a enseñarme los dientes.
La verdad es que es simpática. Cortita, pero simpática.
- ¿Y hace mucho que os conocéis?
- Dos semanas -dice Jorge.
Dos semanas no es mucho tiempo para presentarse a cenar con alguien en casa de tu mejor amigo, me parece a mí. Yo no lo haría, desde luego. Y menos, dadas las circunstancias. Alucino.
Carlos trae la carne. Ha hecho carrilleras de cerdo. Al oporto. Mientras las pone en los platos, se mancha el delantal y también la camisa. Ha servido cuatro trozos. Cuatro: ni tres ni cinco. ¿Se puede saber por qué no me ha avisado de que Jorge no venía solo?
No sé muy bien cómo, pero la noche va pasando. De vez en cuando nos miramos los cuatro y sonreímos. Los temas estrella son las favelas, lo que nos llevaríamos a una isla desierta, Kaká y las habilidades gastronómicas de mi señor esposo. Él y la brasileña son los que más hablan. Hago como que les presto atención. Jorge evita mirarme, tanto como puede.
Eugênia anuncia que va al lavabo y desaparece taconeando. Carlos recoge los restos del segundo plato.
Nos hemos quedado solos.
Estoy como un flan. Me cruzo de brazos y le interrogo apoyándome en ese clásico movimiento de la barbilla:
-¿Tú qué?
- Yo qué... de qué -contesta con todo su morro.
No lo llevamos bien.
Me levanto y pongo los brazos en jarra.
- Así que ahora tienes novia. ¡Cómo puedes ser tan cabrón!
- Cris, por favor, que nos van a oír -me dice con cara de asombro, el muy cínico.
- ¿Por favor? ¿No te da vergüenza? ¡Ahora resulta que tiene miedo de que le oigan! -Mientras hablo, irritada, me doy cuenta de que lo hago en voz baja y eso me irrita más aún. Sigo hablando, porque no puedo dejar de decir lo que tengo que decir, pero aun así no consigo subir el volumen-. Que nos van a oír, dice. ¡Ja! Qué gracia me haces. ¿Quién se ha presentado aquí con esa... muñeca hinchable? ¿Miedo? Qué imbécil que soy. Lo que tendrías que tener es vergüenza. No lo entiendo, te lo juro, no entiendo cómo se puede ser tan capullo. ¿Se puede saber dónde narices tienes la... decencia?
Está muy serio. Me desafía. Me desafía con su silencio y con la cara de asco que pone. ¡Encima!
Suponiendo que tenga alguna intención de contestar, no tengo ocasión de comprobarlo.
- Me gustan los... los..., cómo se dice, ...cuadros que tienes en el baño -dice Eugênia al llegar- . Son lindos. ¿Dónde los has comprado?
Los compré en un chino de mierda, pienso.
- Los compré aquí al lado, en un chino -digo.
¡Joder!
Tomamos el postre, un poco de cava y café. La tarta de siempre hoy no está acertada. Demasiado tiempo en el horno. Y se le ha ido la mano con el borracho.
Nos despedimos.
- Cariño, ¿friegas tú hoy los platos? -me dice Carlos bostezando cuando ya se han marchado.
Va a fregar tu prima.
Voy yo al lavabo.
Hago pipí y me aguanto con las manos la cabeza.
Antes de esta asquerosa noche pensaba que estaba a punto de tomar una decisión. La decisión más importante de mi vida. ¿No habíamos quedado en eso? Pero resulta que no había nada que decidir. Resulta que no había nada de nada.
Qué bien.
Cuando llego a la habitación, mi marido me dice muy serio:
- Menuda jaca se ha buscado el cabrón de Jorge.
Estoy muy cansada.
- Tienes razón, menudo cabrón.
- ¿Y ahora por qué dices eso?
No le debe de gustar cómo utilizo yo la palabra.
- ¿Por qué no me avisaste de que iba a venir la tal Eugênia?
- Porque no lo sabía. -Se encoge de hombros. Dice la verdad, no sabe ni mentir.- Cariño, ¿por qué le has llamado cabrón?
- ¿¿Cómo sabías su nombre??
- Pues porque me ha hablado de ella un montón de veces, Cris, qué importa eso. Si hace meses que se la tira. ¿Has visto cómo está la chavala?
Ella, no lo sé. Yo, sí sé cómo estoy.
- ¿¿¿Por qué has hecho cuatro trozos de carne??? -Me doy cuenta de que estoy gritando.
- Cristina, haz el favor, ¿se puede saber qué te he hecho? A mí no me hables así, ¿me oyes? Pensé que igual la traía. Se me ocurrió, hostia, déjame en paz, ¡¡¡yo qué sé!!!
Me pongo de espaldas a él en mi lado de la cama, lo más lejos que puedo. Pasa algún tiempo. El colchón chirría. Noto sus manos en mis pechos.
- Carlos, por favor, estáte quieto -Hablo en voz muy baja, pero él me oye perfectamente y vuelve a su sitio.
Al cabo de unos minutos, le oigo roncar en la habitación. Yo estoy en el sofá del comedor y acabo de encender un cigarrillo. El humo entra en mis pulmones. Respiro hondo. No toso. Y eso que hace ocho años que no fumo.
Sobresaliente e ingenioso relato escrito por Vicente Aparicio (miembro del blog La Karcoma), donde nos mantiene expectantes durante toda la historia y nos induce a ser un comensal más en la mesa. Más relatos de alto nivel en el blog La Karcoma (grupo de autores, totalmente recomendable): http://lakarcoma.blogspot.com/
