La perra libertad

La perra libertad

Los molinetes a las puertas de la estación de Belgrano están protegidos de la oscuridad de la noche por dos tubos de luz blanca, bajo un techo y dos paredes de chapa. Los miedosos, los pibes que vuelven de la facultad, eligen la luz cálida cercana a la boletería, con el guardia de seguridad y el colorido puesto de diarios. Yo prefiero leer en la isla iluminada de los molinetes. Abro un libro sobre el bicho plateado que se chupa los boletos, los mastica y los escupe. Ese proceso te lleva dentro.
Pero cuando vuelvo a mi casa de la facultad, ya nadie paga por entrar a la estación. La noche cercana a mi isla, está habitada por lingeras fantasmas y cartoneros que se sientan en el piso, toman vino, comen pan y se ríen a carcajadas, esperando subir al furgón mugriento de haber llevado y traído basura durante todo el día. Ahí estoy yo, en mi isla. Nadie se me acerca, todos me esquivan y miran de costado al loco atrincherado con su libro, tratando de escaparse de la rutina.
Ese día había meado el libro. Bajé del subte y yendo hacia la estación paré en la puerta de un colegio a mear y cuando me estaba subiendo la bragueta se me cayó el libro que sostenía bajo el sobaco. Cayó de lleno sobre el charco de meo que empezaba a escaparse por los surcos de las baldosas hasta la calle. “!Mierda!” grité y empecé a frotar el libro contra la pared. Arranqué algunas hojas secas de un árbol y resolví el problema. Ya no volví a ponerme un libro en el sobaco. La tapa se puso algo pegajosa y cuando llegué a casa la lavé con la esponja de la cocina y algo de detergente.
Un nene se me acercó en la estación ese día. Me miraba asombrado. Me preguntó que leía y que ya sabía que era un libro, pero quería saber que era ese libro. Le expliqué que era una historia. Se quedó quieto mirándome un rato largo mientras yo leía y forzando un tono de hombre mayor me contó que Buenos Aires estaba vacía, que no había una sola moneda. Después se subió a una de las máquinas de los molinetes. Nos quedamos así un rato, él en silencio y yo leyendo hasta que llegó el tren, con las filas de ventanas amarillas con gente adentro.
Para esa época ya había empezado a tenerle un poco de miedo a la lluvia. Dejó de gustarme cuando empezaron las goteras en la pieza de mi nueva casa. Ya no era romántica; ahora era desesperante. Primero fue una mancha de humedad en un rincón del techo, que se sumó a la que ya había en el zócalo del piso, junto a la caja de cartón que hacia de canasto de la ropa, hasta que un fin de semana largo de tormenta se filtraron algunas gotas y se deslizaron pegadas al techo, hasta caer al pie de la cama formando un pequeño charco al lado de una de las patas a la que mi perra le mostraba los dientes.
Qué nostalgia de la casa de mis viejos. La ventana de mi pieza por la que veía la lluvia y el viento que pasaba por las hojas de los fresnos mellizos plantados por mi papá. Los mediodías tormentosos que llegaba del colegio. Mi vieja esperándome con una toalla seca y la leche caliente. Los rayos bajando hasta tocar los árboles del hipódromo.
Eugenia lloró agarrándose las rodillas y gritando que quería ver a su mamá.
Podía imaginar el agua acumulándose debajo del piso flotante de madera. En cualquier momento llegaba al nivel del piso y nos íbamos a inundar. Tenía que relajarme. La noche que se me cayó el libro sobre el meo, cayeron algunas gotas ni bien llegué a casa. No intenté dormir. Esperé a que Euge empezara a roncar y me fui en calzones a calentar agua para el mate. ¿Qué iba a hacer el día en que no tenga sus pelos enloquecidos enredados en mi barba?. Mi perra me miraba con la cabeza inclinada y los ojos tristes y curiosos. Me asomé a la puerta y corrí la sábana con manchas de óxido que hacía de cortina. Del otro lado de la tormenta, al grupo de pibes que alquilaban el departamento de enfrente se les veía las caras iluminadas por el reflejo de las computadoras. Apenas si los podía ver al otro lado de la lluvia.
La impermeabilidad es importante. Lo que solía gustarme de la lluvia era el aislamiento que provoca, la excusa perfecta para encerrarme en mi cuarto y aislarme todavía más adentro de un libro. Podía acompañar la lluvia con música. Era otra buena combinación.
Aprendí a escuchar música por influencias. La música se mete por todos lados, busca su espacio, incontenible como el agua. Los discos de mis viejos en el comedor, con los sillones azules que se deshilachaban. Los cassetes de mi hermano, seis años más grande. La rebeldía. La superioridad de ir al colegio y cantar canciones que nadie sabía y que sonaban salvajes.
La influencia más importante fue, sin que él lo supiera, la del hermano mayor de Sergio. No recuerdo haber hablado nunca con el hermano de Sergio. En realidad le tenía tanto miedo que me hacía doler el estómago. Manejaba un auto rojo a toda velocidad por las calles de adentro del barrio. Un día chocó manejando un jeep contra el árbol de la puerta de la casa de mi vecina. Recuerdo a Sergio riéndose, mientras su hermano borracho intentaba llevar el árbol al baldío de la esquina junto con sus amigos y a mi vecina gritando delante de todo el barrio.
Entrábamos a su pieza cuando ya se había ido a hacer el servicio militar y escuchábamos sus discos y mirábamos sus revistas pornográficas. No duró mucho tiempo en el servicio militar. Sergio dijo que se había agarrado a piñas con un milico y todos le creímos. Al poco tiempo desapareció y no volvimos a verlo más, pero seguimos haciendo trabajo de arqueólogos entre sus cd´s, guardados en cajas debajo de la cama.
Ya no importaba que de los otros departamentos me vieran en calzones. Durante la primera tormenta en casa nos dimos cuenta de cómo se arremolinaba el viento cuando terminamos de garchar. Entraba por el pasillo, chocaba contra los departamentos del frente, se juntaba en el patio interno y subía hasta nuestra casa. Mientras estuvimos en la cama no nos habíamos dado cuenta del quilombo. Me levanté en pelotas a ver que pasaba y cuando levanté la persiana vi la sombra de la cara de una vecina asomándose por una ventanita. Supuse que en la oscuridad y con la lluvia no me iba a ver, hasta el primer relámpago. Vi su mano abierta yendo hacia la boca, expresión inconfundible de sorpresa y escándalo.
Todavía no habíamos traído a la perra. Para esa época nos habíamos tomado unos días de franco los dos y al despertarnos, antes de empezar a dejar cada vez más habitable nuestra nueva casa, hacíamos el amor.
Ya no me importaba que me vieran desnudo. Estaba feliz, pero en paz. Me acordé de una frase de Miller: “ser feliz, es ser un loco en un mundo de fantasmas tristes”. La felicidad es difícil de compartir. Es como ir solo por la calle y que una idea, una frase o un sentimiento suba desde adentro, como si fuera un ventrículo que le salen alas después de incubarse durante años, y va directo a tu boca para que lo mastiques y lo saborees, sabiendo que es tan verdadero como cualquiera de tus órganos, tratando de que no se te escape hasta que puedas escupirlo hecho palabras. De repente estar bañándome y que suceda: escribir o sentir que estallo. Me seco como puedo y escribo con un jabón sobre el espejo del baño.
Un mediodía lluvioso, cuando volvía del trabajo, el tren empezó a detenerse más tiempo en cada estación de lo que marca la ortografía perfecta que escribe la rutina los días. Finalmente se detuvo y el guarda bajó a explicar que la demora se debía a un suicidio, que alguien se había tirado bajo el tren que venía delante del nuestro.
El cronómetro siguió corriendo y se nos iba el tiempo. Fin de año y el día ameritaba pararse frente a un tren. “Qué ganas de venir a cagarme el día, porque no va y se suicida solo y no jode a nadie” se escuchaba como un murmullo entre la lluvia. El guarda explicaba que no se podía tocar nada hasta que no llegaran los fiscales y que después tenían que limpiar las vías. “Si los pedazos son muy chicos no levantan nada, lo dejan ahí”, aseguraba un vendedor ambulante.
¿Qué pasó con el de Carupá del martes?, preguntó el vendedor y el guarda le respondió que si hablaba de la mujer que se tiró a la entrada de la estación había sido un suicidio no más, pero el vendedor le aclaró que no, que hablaba de un viejito que se había parado a dos cuadras de virreyes, pero el guarda no sabía nada del viejito.
Cuando la vida te acorrala, y te pone contra las cuerdas no hay a quien pedir que tire la toalla y entonces uno se quiere bajar del cuadrilátero porque después de una envestida viene la otra y después la otra, cada vez más fuerte. Para muchos la única opción es correr llevando su tristeza a los kilómetros de vías y espera que se vaya con las toneladas de metal que los golpea. Es una piña de nocaut que te apaga la luz y te arrastra unos metros. Si los pedazos son muy chicos los dejan ahí. “Quedan pedazos quemándose en los bujes y todo eso, imaginate”, explica el vendedor, “Al conductor le dan vacaciones después de un suicidio. Quedan locos. ¿Sabés como se siente el golpe? es como un martillazo. Pum. Listo. El conductor le ve la cara un segundo y chau, se lo comió”.
Pero a mi modo, yo era feliz y no tenía intenciones de compartirlo con nadie más que con mi perra. Euge dormía. Estaba lloviendo. Sí. El agua podía estar acumulándose bajo el piso. Pero la felicidad viene y no hay nada que hacer. Se hirvió el agua de la pava. La vida de a dos bajo un mismo techo va de la paz a la claustrofobia y de vuelta a la paz y del odio a la euforia y de nuevo al odio o al hartazgo. Eché un chorro de agua fría a la pava de agua hirviendo.
Sentí ganas de salir a caminar, de vagabundear, como la otra noche que soplaba un viento delicado que apenas si movía la ropa húmeda que colgaba de los cables que recorren el balcón y Eugenia cortaba unas verduras y yo sentado en los primeros escalones de la escalera acariciando a mi perra miraba los techos y las luces de la avenida como si fuera un sueño, cuando en uno de los departamentos de enfrente comía una pareja y él, en cueros, levantaba el pulgar y me guiñaba un ojo, iluminado por la luz de una televisión en la que un galán de una telenovela contaba lo importante que había sido para él participar de una cena para incentivar la donación de sangre y así aportar su granito de arena y yo pensaba que quizás de tantos granos es que vivimos en un desierto. Todo eso sucedía mientras yo quería bajar a la calle, a espiar por las ventanas y sentir el olor de las cenas en las mesas al otro lado de las cortinas. Sueños peregrinos.
Salgo a caminar con la noche. La perra tira de la correa para oler todo, quiere meterse el mundo de una sola vez por el hocico. Adora caminar y salta y mueve la cola y está llena de una alegría eléctrica. La calle está vacía como un cementerio resguardado por perros libres y guardias cerca de su garita con una sola y minúscula ventana que en verano no encuentran como hacer para matar el tiempo o matarse a ellos mismos. Las cortinas de las casas parpadean con luces de colores que viajan por cables hasta las televisiones. Sopla un viento suave de primavera que apenas mueve algunas hojas. En un kiosco de la avenida se amontonan algunos borrachos que insultan una pantalla en la que se juega un partido futbol.
Los perros de la calle son libres. Mientras camino y el viento empuja las hojas que me acompañan, me acuerdo de los perros de la playa en Mar Azul, corriendo a mojarse las patas y salir de vuelta a correr por la arena, a perseguir las gaviotas, a comer lo que haya abandonado algún veraneante. O la jauría de perros que vagaba por las calles de puerto Iguazú. Decenas de perros callejeros corriendo bajo la lluvia por el medio de las calles desiertas, rompiendo las bolsas de basura, saltando dentro de los charcos, ladrando y abriéndole la boca a la lluvia. Ese día no había excursión. Hacía pocos meses que había conseguido mi primer trabajo y las primeras vacaciones las tuve en el mes de noviembre. Decidido a no quedarme solo en Buenos Aires me metí en uno de esos viajes a mitad de precio que organizan los clubes de jubilados. El viaje estaba completamente regulado, éramos los perfectos turistas.
Pero ese día llovía y tuvimos que cancelar la excursión. Harto del encierro del hotel y de los viejos jugando a la canasta, me fui a caminar solo. Busqué un micro en la terminal que me llevara hasta Brasil, pero llovía demasiado, suficiente para suspender todos los viajes. Un tipo de la terminal me señaló el lugar donde comían los choferes. Como ya estaba empapado decidí que lo mejor era no volver al hotel. Caminé algunas horas pegado a las paredes para mojarme lo menos posible. Mientras los turistas transpiraban dentro de los hoteles la humedad del litoral argentino, afuera la lluvia era de una violencia a la que nadie se le animaba, amiga del viento que la hacía pegar de costado, de frente y meterse por todos lados.
Entonces dobló la esquina, a mi espalda, una jauría de perros corriendo enloquecidos por el medio de la calle. Veinte, treinta perros dueños de la calle. Me sentí uno de ellos y me morí de envidia a la vez. Los seguí mientras pude hasta que se fueron alejando ocupando toda la calle, formando una V como hacen los pájaros.
Me sebo otro mate, miró a mi perra, ella me sonríe y creo que entiende, que ella también querría correr de la playa a la arena y de vuelta a la playa.

Magnífico relato escrito por Sebastián Pujol (Buenos Aires, Argentina), donde nos sumerge en la trama y nos mantiene en vilo durante toda la narración. Más publicaciones y escritos en la revista Como loca mala: http://www.comolocamala.com.ar/